Mis 12 meses, mi fotografía

Daniel y Noa

Termina 2016 y ha sido un año muy extraño. Nunca imaginamos que lo íbamos a terminar así, como familia numerosa, cansados, con sueño atrasado de por vida, mil pequeñas preocupaciones y dos nuevos protagonistas de mis fotografías familiares.

2016 no ha tenido grandes viajes, ni mil fotografías que enseñar. Más bien ha tenido grandes momentos a recordar en familia, buenos y malos. Por eso, y por falta de calma y de tiempo, este año me saltaré mi tradición de seleccionar una foto por mes, y me quedaré con una única imagen, una de mis pequeños cuando por fin llegaron a casa y empezamos nuestra pequeña, loca y nueva rutina.

En lo fotográfico, 2016 ha sido un año de usar menos la réflex (una cámara y un objetivo pasaron a mejor vida después de 10 años) y más las pequeñas cámaras sin espejo. Olympus ganando terreno a Nikon. También ha sido el año de reordenar miles de fotografías en un mismo sitio (Lightroom) para facilitarme la vida…

Lightroom

En lo laboral, ha sido un año de pausa necesaria. En lo personal y en lo familiar ha habido momentos duros, momentos bonitos, muchos inolvidables, comienzos de colegio, lenguas de trapo, sustos, demasiadas visitas al hospital… Comenzaremos 2017 con la esperanza de seguir sobreviviendo a este ritmo que nos está trayendo de cabeza. Si podemos pedir algo, que sea salud… que del resto ya nos encargaremos nosotros y la maravillosa familia que tenemos alrededor.

Feliz entrada de año a todos. En 2017… seguiremos informando.

Abrazos prematuros

Daniel en incubadora

 

Me enteré por casualidad de que ayer se celebró el Día Mundial del Niño Prematuro. Otro día más, de tantos, si no fuese porque en este caso me tocaba muy de cerca. Hace unas semanas llegaron Daniel y Noa, antes de tiempo. Después de 15 días ingresados en la unidad de neonatología, desde hace unos días estamos ya todos en casa, con mucha ilusión y toneladas de sueño.
Se hace extraño pasar por la experiencia de celebrar la llegada de los pequeños mientras la cabeza se llena de preocupaciones sobre el porqué, el cómo y el cuándo. El respeto que producen las incubadoras, los cables, los pitidos, los cuidados con la higiene en las visitas, los protocolos… se van transformando con los días en familiaridad, en arrebatos de muestras de afecto, en cariño por un personal que se vuelca con los pacientes más pequeños del hospital.
Hemos sido muy afortunados. Nuestros pequeños llegaron antes de tiempo… y nada más. Allí coincidimos con padres (en general, pero especialmente, y por supuesto, madres) valientes, con mil miedos, con mil preguntas, y con un único objetivo: acercar poco a poco a sus pequeños a la casilla de salida. A la puerta mágica que lleva a casa. Y poco a poco fuimos formando parte de un grupo en el que las confidencias y los desahogos nos hicieron partícipes de historias felices, duras, terribles, de esperanzas, de sustos.
Pasaron los días y de repente nuestros minúsculos pequeños ya estaban listos para conocer al resto de nuestra familia. Y nosotros no estábamos seguros de estar tan listos para el reto. Pero una sola de sus sonrisas vale por un mundo. Eso compensa todo.

 

Daniel y Noa

 

Gracias a la ciencia, un bebé prematuro hoy en día es un niño que afortunadamente, generalmente, tardará un poco más en salir del hospital. Nada más. Y es maravilloso lo que se consigue hoy en día. A todos los padres que tengan que pasar por el trance: ánimo. Es duro, pero hay que mirar la parte positiva: tenemos la suerte de observar el desarrollo de las últimas semanas del embarazo con nuestros bebés delante. Tenemos la suerte de poder abrazarlos mucho antes. Y un niño con abrazos de más será un niño afortunado, sin duda.

 

Seguiremos informando.

Cuarentena

40

Nunca me ha costado cumplir años. Será porque cuando los termino, siempre me parece que los he exprimido al máximo. Hoy he cambiado de década, y he dejado atrás una treintena en la que se ha ido construyendo poco a poco una familia de la que es imposible no estar orgulloso.

Somos afortunados. Cuando las cosas van bien, somos los mejores disfrutando de los pequeños y grandes detalles.

Cuando las cosas no van tan bien, también somos muy afortunados porque formamos un gran equipo y siempre buscamos la manera de dar la vuelta a la tortilla y de arrancarnos sonrisas. Que no nos falten nunca.

Y cuando las cosas se tuercen, somos especialmente afortunados. Estamos rodeados de familia y de amigos que también son familia, hombros en los que apoyarse, pequeños y grandes gestos. Emociona estar siempre tan bien acompañado.

La treintena ha terminado con un pequeño bache. Comienzo los cuarenta en familia, con sonrisas, buenas noticias y un par de retos a la vista con los que dar emoción a los días por venir.

Siendo así, ¿cómo me va a costar cumplir años? Mil gracias a todos los que habéis dedicado un ratito a felicitarme hoy.

Seguiremos cumpliendo, espero que por mucho tiempo.

Era blanca y se llamaba Beltza

Escuchando: To the dogs or whoever (Josh Ritter)

Beltza

Cuando era niño, mi madre tenía miedo de los perros. Como era de esperar, fue contagioso y durante mi infancia huí de compañías caninas. Con los años he recuperado un poco la cordura, aunque sigo siendo un poco Frasier en mi relación con los canes.

La vida, que se gasta una ironía fina, fina, hizo que cuando me mudé a compartir casa y algo más, entre los extras estuviera una perrita de visita los primeros días. O por usar el diminutivo con el que se la conocía: perrina. Acostumbrada a vivir en el pueblo, por logística a veces tenía que venir a pasar unos días a una ciudad que la aturdía. Y ahí comenzamos a conocernos.

Se llamaba Beltza, que en euskera quiere decir negro. Era blanca, claro. Pero eso es otra historia. Cuando la conocí ya era mayor, y me hicieron el resumen de sus anécdotas de juventud. Eso sí, seguía teniendo la agilidad suficiente para demostrar a los urbanitas algunos de sus mejores trucos. El de hacer pis sin parar de andar levantando las dos patas traseras siempre fue el más celebrado durante sus paseos por la Alameda.

De vez en cuando iba yo a su casa, otras veces venía a la nuestra. Siempre fue un modelo de educación, y puedo contar con los dedos de una mano las veces que la oí ladrar. Y con ella descubrí que sí, que hace mucha ilusión que te reciban así cuando llegas a casa. O que los perros son más coherentes y previsibles que muchas personas. También que no le gustaban las bolitas amarillas de su comida, y que era capaz de escupirlas. Una a una.

Y así pasamos los días, ganándonos respetos y confianzas mutuamente. Entendiendo yo cuándo ella quería que le abriese el balcón, haciendo ver ella el miedo que tenía a las tormentas enroscándose a mis pies. Hasta mi madre acabó reconociendo que le caía bien.

Pero los años también pasaron, y comenzaron a notarse. Se perdieron sentidos y se ganaron incontinencias. Las escaleras se subían hacía arriba y se rodaban hacia abajo. Y ya a última hora acabó por huir de la compañía, por desconocer horarios, por ladrar sin acordarse muy bien de cómo se hacía. Por andar sin saber muy bien hacia dónde, por pararse sin saber muy bien por qué.

Hace unos días que nos dejó, y si existe algún cielo para perros espero que tenga una larga playa como la que tanto recorrió jugando. Y es que, quién me lo iba a decir a mí, yo también la echaré de menos. Claro que sí.

Hasta siempre, Beltza…

Una noche mágica

Escuchando: Heroes (David Bowie)

Ilusión

Los Reyes Magos son una costumbre muy española. Compras de última hora, colas en las panaderías para salir con un rosco debajo del brazo, y niños con los nervios disparados. Niños y mayores: esta noche todos seremos un poco magos, y mañana nos levantaremos un poco más niños.

Sean buenos.

Un año en nuestra casa

Escuchando: Our House (Madness)

Cómo pasa el tiempo. Hace ya un año que nos mudamos a nuestra casa, aunque a veces parece que llevamos aquí toda la vida: ya han quedado lejos aquellos primeros días con mil detalles por terminar, con cajas por todas partes y sin agua caliente ni calefacción.

En este año, día tras día, hemos comprobado lo a gusto que estamos y la suerte que hemos tenido al acertar con el barrio, el piso, la reforma, y la manera de colocar nuestros cachivaches. Aún quedan algunas paredes por llenar, lámparas por colocar y cajas por abrir, es cierto. Pero tiempo habrá.

Y sí: durante toda aquella reforma del año pasado fui haciendo fotos del proceso (¿alguien esperaba otra cosa?) y hasta ahora no las había publicado. Aprovechando que comenzaremos noviembre recordando aquella mudanza infernal y celebrándolo con algunos de los amigos que ingenuamente se ofrecieron a ayudarnos, dejo por aquí un video con las mejores instantáneas de ese jaleo en el que nos metimos, y del resultado final. Tengo también una versión extendida con algún detalle más, pero esa la dejo sólo para los amiguetes (pedidme la contraseña si os pica la curiosidad)

Principito

Ahí queda eso. Aunque lo esencial, como dice el Principito que nos recibe al entrar en casa, es invisible a los ojos…

Seguiremos disfrutando.

12 x 5

Escuchando: Better together (Jack Johnson)

Existen muchas formas de medir el tiempo. Contar meses con piezas de LEGO es una de ellas. Ya llevamos un montón, pero necesitaremos muchas más. Queremos construir mucho más aún, pieza a pieza, día a día.

And there is no combination of words I could say
But I will still tell you one thing
We’re better together
We so much better when we’re together

🙂

Aquellas firmas, esta casa

Escuchando: Our House (Madness)

fotos de nuestra casa

Hoy, hace un año, también llovía. Y estábamos nerviosos. Después de darle muchas vueltas, de mover mil papeles, de desesperarnos por mil burocracias, de muchas dudas y de más ilusiones, cambiamos el descanso del mediodía por una visita a la notaría donde firmamos nuestra hipoteca. Al salir, corriendo, fuimos a nuestra nueva casa y nos hicimos las primeras fotos en un balcón que hoy ya no existe.

fotos de nuestra casa

Comenzó, también hace un año, una obra de tres meses en la que comprobamos que los gremios son de otro planeta, que pagar a alguien para que la gestionase nos evitó unas cuantas canas, y que una reforma se lleva mejor cuando se vive en la acera de enfrente.

fotos de nuestra casa

fotos de nuestra casa

fotos de nuestra casa

fotos de nuestra casa

Todo terminó en una mudanza infernal (todavía quedan por ahí un par de cajas sin abrir), en unos primeros días de invierno sin agua caliene ni calefacción, y en un piso que con los meses ha ido cogiendo personalidad y ha demostrado ser tan acogedor como queríamos. O más.

fotos de nuestra casa

Sin duda, hace un año acertamos. Seguiremos disfrutando…

Pieza a pieza

Escuchando: Tu mediodía (Depedro)

piezas de lego

Tres meses después de aquel ocho de octubre en el que algo muy especial había comenzado, ella tuvo la idea de ir juntando grandes piezas de colores de Lego, una cada mes.

Hoy, con la ilusión habitual hemos colocado una más, y ya son cuarenta y ocho. Como siempre, como cada día, hay mucho que celebrar; en lo que queda de jornada, a no ser que se queme el mundo y haya sido yo el pirómano, no me busquen.

Seguiremos informando. Mañana.

Nuestra casa

Escuchando: Our House (Madness)

nueva casa

Ayer fue uno de esos días que pasan volando; uno se despierta con normalidad y termina el día con una hipoteca, ahí es nada. Cosas de mayores. Ya hacía tiempo que buscábamos piso, sin prisa ni pausa, pero en los últimos meses todo se había acelerado, para frenarse al final y terminar en un sprint que tuvo ayer como meta una notaría.

Buscar piso es una experiencia muy peculiar, sobre todo si se puede hacer con calma y sin una necesidad apremiante. Desde un principio decidimos acotar mucho la búsqueda: nos gusta la zona en la que vivimos ahora, queríamos (sí o sí) tener ascensor, no estar agobiados de espacio, toda la luz posible… y un precio razonable. Con esos criterios comenzamos a peinar la zona y descubrimos que tampoco había mucho donde elegir. Poca construcción nueva hay en el centro de Santander, y la mayoría de las casas demuestran sus años con portales poco accesibles y sin ascensor. Las que lo tienen, lo tienen de oro (o similar) y lo reflejan en su precio.

Y por supuesto, a la gente le cuesta mucho bajarse del guindo. A pesar de cómo está el patio, se siguen pidiendo auténticas barbaridades por pisos que se caen a pedazos.

No voy a decir que hayamos visitado muchísimos pisos. Sí unos cuantos, dentro de nuestro presupuesto y algo por encima (negociar siempre es una opción a tener en cuenta). Pisos de 60 metros cuadrados con tres mini-habitaciones, zulos con poca luz, pisos con mosaicos en el suelo, áticos agaterados hasta el infinito y más allá en los que en la mitad de los metros ni mis sobrinos podrían ponerse en pie, propietarios que echan pestes de las tiendas de los chinos del barrio, agentes inmobiliarios (que hemos evitado en la medida de los posible) que hablan más de la cuenta, la tristeza que produce visitar un piso procedente de embargo… ha habido un poco de todo.

Sólo dos pisos, en cerca de un año de búsqueda, han conseguido que se nos despierte el interés: encajaban en el presupuesto y nos imaginábamos viviendo allí. En el resto de los casos, ni con imaginación parecía buena idea.

El primero de ellos tenía una orientación privilegiada, aunque no nos convencía la distribución. Fue por entonces cuando nos animamos a incorporar un factor que habíamos evitado: la reforma, a lo grande. Y descubrimos, gracias a un buen contacto, que no es tan costoso ni tan complicado como se pueda pensar. Al menos sobre el papel. Este primer piso quedó descartado, por falta de metros. Una vez puestos a encajar nuestros trastos, estábamos encajonados desde el día cero. Lo desechamos, a pesar de que era muy barato (y más que lo fue tras nuestra negativa) pero hicimos bien: aparte de ser pequeño, se salía un poco de la zona, el portal no convencía, y a la larga iba a tener vistas mucho menos despejadas. Sirvió, eso sí, para que nos centrásemos y supiésemos mucho mejor lo que buscábamos.

Ampliando un poco el presupuesto, acabamos llamando de nuevo al primer piso con el que iniciamos el proceso. En su momento tenía un precio tan disparatado que ni lo visitamos (y eso que, nos decían, ya lo habían bajado unos siete millones de las antiguas pesetas). Un año después, había bajado lo suficiente para empezar a planteárselo. Una primera visita a la casa nos dejó ilusionados, y una negociación con los propietarios acabó con una rebaja de casi un 27% del precio de unos meses atrás (y un 36% sobre el precio con el que comenzaron).

Tras hablar con nuestro contacto, y zanjar un presupuesto para la reforma necesaria (en este caso, bastante importante) conseguimos cuadrarlo todo, se concretó y firmamos un contrato de arras hace casi dos meses. Después todo se retrasó: los propietarios (gente de palabra… la palabra “quizá“, en concreto) han estado hasta hace una semana poniendo en regla todos sus papeles, y mientras nosotros nos comíamos las uñas porque teníamos que hacer malabares para mantener en su sitio todas las piezas de nuestro puzzle: reforma, licencia de obra, el mes de agosto -en el que todo se para- acechando, hipoteca, tasación, alquiler actual… Llegó un momento en el que parecía que todo se torcía, e incluso encontramos al ganador absoluto del premio al empleado de banca gilipollas. Uno se acaba desanimando cuando comprueba lo mal que puede trabajar la gente.

Al final el viernes pasado se desbloqueó toda la burocracia pendiente, y en tiempo record (porque a pesaos no nos gana nadie) conseguimos reunirnos todos en la notaría ayer, en una firma con algún tinte surrealista (si no, no seríamos nosotros).

Cinco minutos después de firmar estábamos llamando para poner en marcha las obras de la reforma, que dentro de dos meses dejarán la casa como nueva, esperamos. Todo ello, despreocupándonos, sin vivir allí aún, y dejándolo en manos de nuestro aparejador. Cuando terminen, mudanza y a estrenar casa. De momento, el verano lo pasaremos disfrutando de la actual, y de su terracita (que será lo único que echaremos de menos después, seguramente)

Nos quedan dos meses ahora para buscar muebles (y cocina, y electrodomésticos…), simular en el ordenador (sí, somos así) y hacernos a la idea de que tenemos casa e hipoteca como los mayores. Pero a nuestra manera, claro.

No puedo terminar sin agradecer a un montón de gente que nos ha ayudado en todo este proceso, aunque suene a discurso de entrega de premios: a la famila por mil motivos, a las chicas de la notaría porque lo han hecho todo mucho más fácil (a pesar de ser ingenieros), al amigo que nos puso en la pista de nuestra hipoteca (de las más baratas que han firmado en la notaría en mucho tiempo, nos dicen), a nuestro contacto campechano en el banco (una pena que haya estado de vacaciones a última hora), a ella por ser la mejor compañera en esta aventura, y a nuestros futuros vecinos por la paciencia: la próxima semana irán los obreros con los mazos.

Hipotecados, sí. Pero seguiremos informando.