El chollo del día

Escuchando: Love will tear us apart (Joy Division)

No importa que el diario Público no sea de su agrado: lo pueden comprar y tirar a la basura, si se empeñan. Lo importante es que conserven la película que regalan hoy: 24 Hour Party People, una genial visión del Manchester de Joy Division. Por un euro, la única excusa aceptable para no hacerse con ella hoy es la mía: ya hace tiempo que me compré esa joya.

Seguiremos informando.

Cuva, con V de Varsovia

Escuchando: En alas del deseo (Varsovia)

Varsovia

Ayer se presentó la nueva edición del festival CuVa (Cultura y Vanguardia), que tendrá lugar en el Palacio de Festivales del 5 al 7 de diciembre. Sobra decir que se trata de una cita a la que tengo especial cariño: el año pasado gracias a ella tuve la oportunidad de exponer mis fotografías de conciertos (en principio unos días, que finalmente se convirtieron en meses).

Este año la propuesta es igualmente atractiva: una exposición de un curioso ilustrador (Jorge Alderete), mercadillo de vinilos, mesas redondas, proyección de documentales, y música, mucha música. Personajes míticos como John Cale, bandas de culto como Low o artistas entrañables como Josh Rouse se acercarán a Santander esos días. Un auténtico lujo.

Como curiosidad, uno de los grupos que participará en el festival esconde una entrañable historia. Varsovia fue una banda que editó un disco a finales de los ochenta, dentro del movimiento de la Movida en Cantabria (por estos lares se llamó Marejada). Han estado dos décadas alejados de los escenarios, y se reúnen por primera vez para esta festival. He estado en alguno de sus ensayos y suenan bien, muy bien. Mejor que en el disco que editaron, al eliminar arreglos demasiado ochenteros y quedarse con un sonido más crudo y directo. Se están tomando este regreso con una ilusión envidiable; tiene que ser muy curioso retomar un proyecto así después de tantos años.

El otro día estuve haciéndoles algunas fotos promocionales (la que aparece sobre estas líneas, por ejemplo, que es la que se ha usado en la web del festival), y me cazaron en plena faena, en una tarde con exceso de lluvia y falta de tiempo: gracias, Javi, por el vídeo.

Nos vemos en Cuva. Seguiremos informando.

Viajando a otros mundos aún más pequeños

Escuchando: Por qué evadirse a otros mundos aún más pequeños (Manta Ray)

El viajero

Esta tarde he estado jugando un rato con el último trasto que he añadido al equipo fotográfico, una tontería que entra más dentro del campo del bricolaje que de la alta tecnología, pero que tiene su aquel. De momento, aquí queda esta imagen, protagonizada por un pequeño viajero. Digo pequeño, y digo bien: para hacerse una idea de la escala, lo que aparece a la derecha no son piedras, sino minúsculos cristales de sal común.

En cuanto tenga un rato preparo una explicación un poco más detallada acerca del material y método que he utilizado. Prometido.

Seguiremos informando.

PD: Todo bien por aquí, aunque escriba menos.

SIMO (Descanse en paz)

Escuchando: Rest in peace (Stiltskin)

Corría el año 2001 y conectarse a Internet era una odisea (de despacio). Ese año por fin conseguí acercarme a Madrid, a la meca tecnológica que por entonces representaba la feria SIMO. Originalmente diseñado como el Salón Internacional del Mobiliario de Oficina (¡wow!), era el lugar ideal para cacharrear con lo próximo en tecnología. En la foto, arqueología pura, se me puede ver posando al lado de un iMac, el abuelo del ordenador desde el que escribo estas líneas. Es más, lo que se ve en su pantalla es mi página web de aquella época. Ya se me había olvidado cómo era. Qué tiempos aquellos.

Se convirtió en costumbre anual visitar el SIMO, generalmente con Fito, y el viaje se llenó de rutinas: el tren en el que siempre nos encontrábamos los mismos, el metro hacia Ifema, leerse el correo y saludar desde el stand de Apple… Con los años, se iba adquiriendo veteranía. Ya no cogíamos todos los papeles y folletos con los que nos asaltaban (el papel pesa, mucho), ya no nos sorprendía la escasez de ropa ni la largura de las piernas de las azafatas (un recurso explotado hasta convertirlo en una ridícula seña de identidad de la feria), y muchas veces ya íbamos a tiro hecho. Allí compré alguno de mis móviles más avanzados (para la época), investigué sobre la compra de mi primer portátil, hice algún que otro negocio y chanchullo, pude jugar y convencerme -año tras año- de que Mac OS X era el sistema operativo que necesitaba…

Son muchas anécdotas y muchos recuerdos los que guardo de aquellas agotadoras excursiones. Pero con los años, la visita a la feria se convirtió más en una excusa para visitar la capital, Malasaña y a los amigos, que una razón de peso. Cada vez eran menos pabellones, menos los fabricantes que exponían en ellos, y las novedades más escasas edición tras edición. La última vez que estuve salí de allí con la impresión de haber visitado una feria de fabricantes chinos de memorias usb y colgantes luminosos para el móvil. Muy triste.

Por eso, no me ha sorprendido leer la noticia de la cancelación del SIMO de este año, a un mes de su celebración. Se veía venir. Pero que no le echen la culpa a la crisis. No. La feria ya estaba herida de muerte desde hace, al menos, tres años. Se celebraba más por inercia que por interés. Se había convertido en un circo en el que la gente se pegaba por un pisapapeles de promoción, en el que el aspecto profesional pesaba cada vez menos, como la ropa de las azafatas. ¿Crisis? Sí, la de una feria que perdía atractivo por momentos y que las empresas abandonaban antes de que se hundiese con sus expositores dentro. Dicen que volverá con energías renovadas en 2009. Lo creeré cuando lo vea.

Seguiremos informando.

PD: ¿Fue en 2001 mi primera visita al SIMO? Al menos es el primer año del que tengo fotos. Pero claro, mi primera cámara digital fue de ese año, así que puede que fuese alguna vez antes. Sin fotografías, pierdo la memoria.

Pide la tarde libre en el trabajo

Escuchando: Lovesong (The Cure)

2

Han pasado dos años ya desde aquellas lluvias, y uno desde que decidí invadir una casa que es cada vez menos suya, menos mía, más nuestra.

Sé que digo esto por la ilusión de los primeros setecientos treinta y un días, pero si la rutina era esto, bienvenida sea la monotonía.

Seguiremos informando.

Espero portarme bien (Parte II – Simyo)

Escuchando: Monkey gone to Heaven (Pixies)

Desde hacía unos meses tenía en un teléfono viejo una tarjeta prepago de Simyo, esa operadora virtual (usa la red de Orange) que basa su canal de comunicación con el cliente en la web. Al principio fallaba bastante, luego cada vez menos. Las tarifas de datos eran bastante apetitosas (al menos para el uso que yo puedo dar a ese tipo de conexiones: esporádicas desde la agenda electrónica), y los precios muy competitivos.. sobre todo, sencillos. Con una operadora “de las grandes“, saber cuánto cuesta una llamada o una conexión de datos pasa por indagar entre tarifas crípticas y limitaciones variadas.

Con Simyo, haces una llamada, te conectas o mandas un mesaje, y cuando terminas puedes consultar en la web cuánto ha costado. Con todos sus detalles, de forma sencilla, gratuita, y sin complicaciones, al menos hasta la fecha.

Además, mi tarjeta prepago tenía (y tiene aún, vaya) una promoción mediante la cual tengo 5 € al mes, hasta fin de año, para gastar en conexiones a Internet. Ideal para hacer mil pruebas, la mayoría de ellas satisfactorias. Leerse el correo, escribir en twitter o consultar una página web desde mi veterana Palm no es tan vistoso como hacerlo desde un iPhone, supongo, pero es mucho más personalizable y barato.

Hice mis cálculos, también: comparé mis últimas facturas de Vodafone con lo que me habría gastado con Simyo, y los resultados no dejaban lugar a dudas. Por lo que me cobraba Vodafone (el consumo mínimo, básicamente), podría hablar lo mismo,o más, e incluir hasta 500 megas al mes de conexiones de datos. SIn contar además con las llamadas gratuitas (10 minutos en cada una) entre teléfonos de Simyo.

Hace poco, además, implementaron el servicio de aviso de llamadas perdidas, con lo que me animé a pasar mi número a su compañía. Solicité la portabilidad, y tres minutos después Vodafone me ofrecía gratis un terminal de gama alta, y no sé cuántos descuentos en la factura. Firmando permanencia, claro. No me quedaban ganas.

La nueva tarjeta SIM llegó unos días mas tarde, con tiempo de sobra para el día del cambio. Mientras Simyo me mandaba mensajes amables de bienvenida (“Enhorabuena, dentro de 12 horas la espera habrá terminado y podrás cambiar tu antigua SIM por la de Simyo. Bienvenido a tu propia telefonía móvil“) Vodafone se encargaba de dejarme estos últimos días la linea pelada, como me confesaron en Atención al Cliente: me desactivaron los mensajes multimeda, el acceso por web a mis facturas… ha sido la causa de mi última bronca con ellos.

Hoy por la mañana he encendido por fin mi móvil con mi nueva tarjeta naranja. Más mensajes de bienvenida, otros con configuraciones, y aparentemente ningún problema. La red de Ono ha tardado unas horas en encontrar de nuevo mi número, pero ya lo hace con normalidad. Me ha costado configurar la PDA para conectarme a Internet, pero ha sido cosa de pelearme con mi Nokia, no con Simyo. Todas las demás pruebas apuntan a que vuelvo a estar comunicado, igual que antes, pero de una forma más barata. Sobre todo gracias a la rebaja en las tarifas que ha realizado Simyo esta semana: ahora las llamadas cuestan 8 céntimos al minuto, uno menos que antes. Mejor aún.

En resumen: ¿por qué pagar más a cambio de estar en una compañía de peso, si al final funciona de pena y tratan a los clientes como si fuesen una molestia? Para eso prefiero pagar menos, y si estoy descontento, tener la posibilidad de irme sin complicaciones. Veremos si mi decisión ha sido acertada.

Seguiremos informando.

¿Pero dónde he dejado la…?

Escuchando: Lost and found (Phoenix)

Soy moreno; delgado; despistado. Ésto último en grado suficiente como para llevar una foto a revelar en mi memoria USB, y al cabo de una hora no saber dónde está esa memoria. Después de mucho pensar y buscar, llegué a la conclusión de que la había perdido por la calle. Maldición. No es que valgan muy caras, no es que contuviese archivos insustituibles… pero sí tenía cosas que no me hacía ninguna gracia que circulasen por ahí. Por ejemplo, una fotocopia de mi DNI que suelo llevar encima, digitalizada, para poder imprimirla en cualquier parte, si se tercia.

Cuando las cosas caen en malas manos, las consecuencias pueden ser imprevisibles. Cuando caen en buenas manos, el resultado es una renovada fé en el género humano. Hay gente capaz de encontrarse una memoria en el suelo, llevarla a casa, mirar su contenido, ver un carnet de identidad y acercarse corriendo -en un día de perros- a la dirección indicada para devolverla. Mil gracias.

Soy despistado, pero tengo una suerte considerable. Intentaré no tentarla tan a menudo.

Seguiremos informando.

Espero portarme bien(Parte I – Vodafone).

Escuchando: Fuck this I’m leaving (American Analog Set)

Mi relación de amor con Vodafone comenzó hace unos pocos años, cuando me atrajeron gracias a sus teléfonos promocionales y su programa de puntos. Mi relación de odio con ellos empezó hace unos pocos meses, cuando me llegó una abultadísima factura por conexiones a Internet desde el móvil que no recordaba haber hecho.

Fue un tema peliagudo, basado en una conexión interrumpida (desde mi punto de vista) pero que había quedado activa durante un par de días. Sin transmitir información, pero facturando. Algo díficil de demostrar, aunque me pasé mis buenos ratos colgado del móvil hablando con Atención al Cliente. Un día recibí un mensaje indicando novedades en la reclamación, llamé y una operadora me dijo que se me devolvería el dinero de esas conexiones, descontándolo de mis siguientes facturas. Nunca me ha convencido esa forma de prestar dinero a las operadoras, pero bueno. Parecía que se solucionaba.

Y un cojón de pato. Las siguientes facturas llegaron en la forma habitual: cogiendo dinero de mi cuenta. Ni el menor atisbo de las devoluciones. Llamé de nuevo a Atención al Cliente, y me abrieron los ojos: no me estaban devolviendo dinero, ni lo iban a hacer nunca. La otra operadora “se habría equivocado“, lo sentimos mucho, siga jugando, etc.

Y ahí fue donde se me hincharon los cojones. Pase que por mis experimentos me tenga que comer una factura con la que no estoy de acuerdo. Pero de ahí a que me toreen en Atención al Cliente, va un trecho. Cual Escarlata O’Hara, aquel día juré que en cuanto terminase mi contrato de permancia (había firmado 18 meses por conseguir mi actual terminal) podían irme preparando el formulario de portabilidad.

La permanencia terminó el pasado mes de junio (el mismo día que salía a la venta el iPhone con Movistar, pena que no me acabe de convencer la oferta). Unas semanas antes de esa fecha decidí ejercer uno de mis derechos como usuario: exigir el código de liberación de mi teléfono móvil (pasado un año, están obligados a proporcionarlo). Mi esquema mental: liberar el terminal (que estoy bastante contento con él) y portarme con mi número y móvil a otra operadora.

Ja. Las cosas nunca son tan fáciles como uno podría pensar. La primera fase fue la de negación. Mi teléfono no les constaba en su base de datos, tenía que mandarles la factura… mil tonterías que tuve que sortear a base de llamadas, mediante la técnica de ensayo y error, repitiendo una y otra vez la misma historia a operadores perdidos o directamente incompetentes, hasta que por fin alguien tuvo a bien tramitar mi petición.

Creo que pasó un mes hasta que recibí un mensaje indicando que ya tenía el código disponible, y que les llamase para obtenerlo. En medio de todo esto, finalizó mi contrato de permanencia, y me llamaron para ofrecerme por buen cliente y por llevar nueve años con ellos (dato que no sé de dónde se han sacado, porque en Vodafone debo de llevar 3 ó 4 como mucho) me ofrecían, totalmente gratis (pero firmando por otros 18 meses, claro, aunque eso lo tuve que preguntar yo) el teléfono más puta mierda que tenían en el catálogo. Creo que su característica más avanzada era que tenía WAP. Cielos. Para conseguirlo, sólo tenía que responder a un mensaje que me iban a mandar, y que ignoré ceremoniosamente. Vaya estrategias de marketing, termina una permanencia firmada para conseguir un teléfono bastante avanzado, y me ofrecen firmar otra permanencia a cambio de un teléfono infinitamente peor. Ver para creer.

Una semana después me llegó una carta: “Gracias por adquirir el terminal bla bla bla…“. Pasé un buen rato jurando hasta que caí en una letra pequeña, minúscula, imperceptible, que decía algo así como que “la carta sólo es válida si aceptó nuestro mensaje corto, bla, bla, bla…“. Aún así, llamé a Atención al Cliente para asegurarme de que NO había aceptado ninguna oferta, de que NO tenía ya contrato de permanencia, y de paso aproveché para expresar mi opinión sobre sus burdas técnicas comerciales.

En fin. Como decía antes, llegó el día en que mi código de liberación estaba disponible. Llamé, lleno de ilusión, y sí: me dieron el código para poder usar mi Nokia con cualquier operadora. Colgué, dispuesto a realizar la liberación sin más demora. Ya veía la luz al final del túnel.

Pero era otro tren. El código no funcionaba. Pensé que por los nervios me podría haber equivocado en algún número. Lo repasé todo, y volví a introducirlo con tanto cuidado como si en lugar de un móvil tuviese en la mano un reactor nu-ce-lar. Nada. Ese código no liberaba mi móvil.

Comenzó en ese momento una de las rondas de llamadas más surrealistas e irritantes que he sufrido en mi vida. Yo intentaba expresar mi malestar porque el código no funcionase, los operadores intentaban expresar su opinión de que yo era tonto, y de que teclease bien. Incluso tuve problemas para que me repitiesen el código (“ya se lo hemos dado“). Es más, hubo un operador que no sabía distinguir entre el código de liberación y el código IMEI. Puede que alguno de mis lectores tampoco; pero seguro que no trabajan en la asistencia a clientes de una operadora de telefonía móvil. Vergonzoso.

Al final, la única solución que me dieron fue: pásese por una tienda de Vodafone, que esto es un diálogo de besugos. Así hice, y nada más aparecer en ella, explicar el problema y sacar mi móvil del bolsillo, me cortaron diciendo: “Uy, ese móvil no se puede liberar por código. Te lo tenemos que mandar nosotros a Madrid, y tarda aproximadamente una o dos semanas“. Cojonudo. Me lo podía haber dicho alguien antes. En fin. En ese momento no estaba seguro de tener copia de seguridad de todo lo que tenía el móvil, así que dije que ya volvería.

Efectivamente, salvé todo lo susceptible de perderse, me agencié y configuré otro terminal para usar mientras no tuviese el mío, y unas semanas después me dirigí a la tienda para que procedisen al envío.

Pues no. No quisieron. Casualmente, unos días antes Vodafone había cambiado el procedimiento, y ya no enviaban móviles para liberar. Por si acaso, el dependiente comprobó antes que mi código efectivamente no funcionase. Puso una incidencia y me dijo que me llamarían de Atención al Cliente y me informarían del procedimiento a seguir para enviar yo mismo el teléfono a liberar.

Y me llamaron, sí. Vaya conversación. Porque me iba enfadando por minutos, que si no le habría preguntado a la operadora quién de los dos era Tip, y quién Coll. Básicamente lo que me contó fue que tenía que pagar yo los portes, que ellos me habían dado el código y que si no funcionaba no era culpa suya, sino de Nokia. O de un señor de bigote. O de su abuela, que fuma. También aprovechó para enumerarme los requisitos que debía cumplir para que me liberasen el móvil; uno de ellos era no haber superado el máximo número de intentos fallidos (cinco, si no me equivoco) al introducir el código de liberación. Y ahí paré, interrumpí a mi interlocutora, y le hice el siguiente resumen de la situación, para ver si yo lo estaba entendiendo bien:

Solicito el código de liberación. Me lo facilitan. No funciona. Aún así todos los operadores me tratan de tonto, e insisten en que lo vuelva a introducir. En la tienda de Vodafone, vuelven a introducir el código. Siempre falla. Y ahora me pretenden cobrar (los portes) por liberármelo DE VERDAD, y además, aún pagando, no lo van a liberar porque siguiendo sus instrucciones, he intentado introducir el código de marras demasiadas veces.

Sorprendentemente, lo había entendido bien, si es que se puede entender una situación tan absurda. Me encendí, y no paré hasta conseguir que mi reclamación subiese un escalafón más. Quedé a la espera de más noticias, con un cabreo ya monumental.

Decidí hacer los deberes, e investigué un poco. Las operadoras pueden introducir un mecanismo de bloqueo en los terminales que venden subvencionados, pero al cabo de un año, el cliente puede solicitar el código que elimine esa limitación. El terminal me lo había vendido Vodafone, no Nokia, así que debía ser la operadora la encargada de facilitarme el mecanismo para liberar el terminal. Si venden teléfonos que pueden bloquear, pero no liberar mediante código, es su problema, no el mío. En ningún momento me avisaron de ello.

Aquí la historia da un giro sorprendente. Me llama una chica del Departamento de Calidad, y se hace cargo personalmente de mi problema. Con una eficiencia sorprendente, me tiene al tanto del estado de la incidencia, y al cabo de unos días y unas cuantas llamadas, me comunica que me liberarán el móvil, que lo tengo que enviar yo, pero que me abonarán los portes como gesto comercial. Salvo que me pasé una mañana esperando a un mensajero que nunca vino, su gestión del problema fue ejemplar, amabiliísima y digna de elogio.

Mi teléfono fue a Madrid, volvió desbloqueado, y los portes me los descontaron de la siguiente factura. O eso creo. El sistema de factura electrónica de Vodafone lleva un mes sin funcionar en condiciones, así que tuve que llamar a Facturación para enterarme.

Fue entonces el momento de pensar, por fin, en la portabilidad. Pero eso lo dejo para la segunda parte.

Seguiremos informando.