Qué pena…

Escuchando: Walking on broken glass (Annie Lennox)

Lo hicimos unos cuantos años. Suficientes para acabar cogiendo algunas costumbres…

Era la semana del SIMO. Llegábamos a Madrid el miércoles o el jueves por la noche, cogiendo el tren de la tarde; casi siempre encontrándonos los de siempre, vagón más, vagón menos… Una vez en Madrid, a dejar las cosas en la casa de rigor, a cenar algo (la mayoría de las veces en el Vips más cercano) y antes de retirarse, una cervecita. Mítico, el Triskel

Y al día siguiente, a madrugar un poco para llegar con tiempo a Ifema. Línea 8, hasta Campo de las Naciones. Por el camino, el metro se va llenando de frikis informáticos (los más, como nosotros) y de azafatas apuradas (las menos) dándose el último retoque al uniforme…

AL salir del metro, incansables, los repartidores de publicidad empiezan a ofrecernos las primeros gramos de las toneladas de papel que se desperdician en estas ferias… derechos a la recepción, a demostrar que somos profesionales del asunto (al principio no lo éramos, pero lo acabamos siendo) y a conseguir nuestra tarjetita. La tuya tiene nombre, la mía no, chincha.

Abren las puertas, primeros vistazos a los stands. El de Apple que no falte… a lo largo de la mañana, inevitable parar allí a escribir algún correo a los amiguetes…

Unas horas después, hora de hacer un descanso; huimos de la locura de la feria, y nos acercamos hasta el Pans de un centro comercial cercano, a reponer fuerzas; también a meditar lo de siempre: ¿me compro eso que he visto? ¿o eso otro? ¿por qué vengo a estos sitios, siendo como soy…?

Tras el descanso y una breve sobremesa, vuelta a la feria, paseando, disfrutando del buen tiempo y del solecito. Siempre me gustaron esos dos edificios, uno de una empresa informática, otro de una aseguradora. Me hacía gracia, además, porque hacía años que una revista de informática los usaba como motivo para hacer pruebas en sus análisis de cámaras digitales. No era para menos, son muy fotogénicos, con sus cúpulas y sus superficies acristaladas…

Esta mañana, cuando he leído que acababa de estallar una bomba allí, me podía imaginar perfectamente la escena, los cristales rotos, toda la gente que acababa de llegar al trabajo, los gritos, los sustos, los nervios, el miedo, las sirenas…

Qué pena que no les estallan todas las bombas en las manos mientras las preparan.

Seguiremos informando…